9780060536305

LA Dama, LA Cocinera, Y LA Cortesana / The Lady, The Cook, and the Courtesan

by
  • ISBN13:

    9780060536305

  • ISBN10:

    0060536306

  • Format: Paperback
  • Publisher: HarperCollins Publications
  • Purchase Benefits
  • Free Shipping On Orders Over $35!
    Your order must be $35 or more to qualify for free economy shipping. Bulk sales, PO's, Marketplace items, eBooks and apparel do not qualify for this offer.
  • Get Rewarded for Ordering Your Textbooks! Enroll Now
List Price: $12.95 Save up to $1.94
  • Buy New
    $11.01

    USUALLY SHIPS IN 3-5 BUSINESS DAYS

Supplemental Materials

What is included with this book?

  • The New copy of this book will include any supplemental materials advertised. Please check the title of the book to determine if it should include any access cards, study guides, lab manuals, CDs, etc.

Summary

Segu n el dicho latinoamericano, para seducir a un hombre, una mujer tiene que ser una dama en la sala, una cocinera en la cocina y una cortesana en la cama. Pilar no es ninguna de las tres. Cuando hereda los diarios de su abuela difunta, Pilar se da cuenta que hay algo que hace falta en su vida, y descubre el secreto que su abuela decidio guardar oculto durante tantos an os. En las pa ginas de los diarios, Pilar aprende los rituales sagrados de la belleza suramericana, las reglas de etiqueta social y las deliciosas recetas que le ensen ara n a seducir a los hombres, y a ser la perfecta esposa, mujer y amante. Poco a poco a medida que lee la asombrosa historia que le cuenta su abuela, Pilar comienza a comprender la importancia de la tradicio n y encuentra maneras de integrarla a su propia vida de mujer profesional e independiente. Y tal vez, encontrara finalmente la manera de querer al hombre que aunque no parece convenirle, es el amor de su vida.

Excerpts

Dama, la Cocinera y la Cortesana, La
Una Novela

El capítulo Uno

La magia llegó por primera vez a la vida de Pilar el día del funeral de su abuela.

"Porque del polvo vienes y en polvo te convertirás."

Pilar se persignó lentamente, como si se le escaparanlas fuerzas, mientras contemplaba cómo esos últimosinstantes se escurrían irremisiblemente.

El arzobispo hizo la bendición de la cruz y desparramóun puñado de tierra sobre el cuerpo de Gabriela Grenales, la querida abuela de Pilar.

Cuando llegó el momento de cerrar el féretro, el estuporque provocan los entierros se esfumó -- aunquepor sólo un momento -- y fue sustituido por el temerosomurmullo de los asistentes. Entendían y reconocían -- al unísono -- que bajo la intransigencia de la muerte,todo lo que no se había dicho quedaría, a partir de esemomento, para siempre en el silencio.

A medida que el féretro era bajado lentamente a latumba, unos pocos puñados de tierra húmeda se desprendierony cayeron con algún ruido sobre la tapa. Elsonido era inolvidable; aquel eco de la muerte.

Frente a Pilar, un hombre vestido de negro, procedentede entre un grupo de dolientes, agarró con susmanos una corona de gardenias, se acercó a la orilla dela tumba y se inclinó sobre ella, como si tratara de hablarcon la difunta. Pero envez, lanzó la corona con delicadezay contempló en silencio cómo caía sobre el féretro. De momento, ese gesto podía haber sido tomado como unaseñal más de respeto, pero había algo especial en la manera comedidadel hombre, en la cual un buen observador podía dicernir unenorme pesar, que, al contrario de la tumba situada a su lado, nuncapodría ocultarse. Pilar vio escapar un brillo momentáneo del pañueloque él apretaba entre sus manos mientras extraía un pequeñoobjeto que resplandecía a la luz del sol. Y enseguida, tiró el amuletodentro de la tumba para que quedara enterrado por la eternidad.

Tan pronto como el hombre comenzó a alejarse, Pilar escuchó asu madre, Cristina, hacer un comentario al aire:

"Bueno, ésta es la primera vez que se da algo como esto."

Pilar luchó por regresar a la realidad, aunque fuera momentáneamente,del laberinto de pensamientos incoherentes en que estabasumida.

"A qué te refieres, Mamá?"

"Ver a un desconocido en el funeral de mi propia madre."

Todo lo que Pilar pudo contestar fue un "Ya veo" apenas audible.Su madre no parecía haber notado el brillante milagro que ahoraadornaba la tumba de Gabriela. Pilar se preguntaba quién seríaaquel hombre, y ella sabía que Cristina también se preguntaba lomismo.

En la distancia, al otro lado de la ciudad, las campanas de la catedralde Caracas comenzaron a sonar llamando a Misa Mayor, comohaciendo eco a las palabras del arzobispo Mariano Fermín del Toro:"Que en paz descanse su alma."

Gabriela murió el 15 de abril de 2001, Domingo de Resurrección.

Desde donde se encontraba, Pilar podia ver por encima de losbalcones de las casas los materos de color terracota que colgaban rebosantesde geranios rojos y helechos verde esmeralda, aquella perfectacontinuidad de techos de tejas de color rojo escarlata que ledan a Caracas su pintoresca apariencia colonial y su gracioso apodo:"La ciudad de los techos rojos." Distraída por un momento, Pilar imaginaba ver a una elegante señorita, de lustroso pelo negro ylabios rojos, caminando lentamente hacia uno de esos balcones,donde se recostaría contra una columna tallada a mano para mirar lapuesta de sol que bañaba los valles de luz rosada con pinceladasrojas, mientras el sol, con aparente desgano, comenzaba su diariodescenso detrás del Cerro del Ávila.

Éste fue el lugar donde, veintiséis años atrás, había nacido PilarCastillo.

Sus ojos negros rasgados, una característica común de las mujeresvenezolanas -- un legado de varias centurias de ingrato dominioespañol -- estaban retratados en su rostro en ángulo, de modo que sihubiera escogido cubrirse la cara con un velo ese día, como lo habíanhecho algunas de las otras dolientes en honor a la tradición, habríapasado fácilmente por una encantadora de serpientes. CuandoPilar estaba aturdida, lo cual no sucedía a menudo, la inquietud desu mirada era lo que la delataba.

Mientras ella y su madre se alistaban a marcharse de la tumba,Pilar notó a un joven atractivo caminando hacia ellas. Con su graciausual y buenos modales, Rafael Uslar Mancera saludó a ambas mujeresy después se dirigió a la más joven, cuyos ojos trataban a todacosta de evitarlo. La besó con cariño en la mejilla y le susurró:

"Lo siento mucho, cariño. Sé lo mucho que ella significabapara ti."

Cuando escuchó su voz, Pilar pensó en el dicho: "Donde hubofuego, cenizas quedan."

Escondiendo las lágrimas y demasiado intranquila para hablar,Pilar solamente asintió con la cabeza como respuesta. Las palabrasde Rafael le trajeron muchos recuerdos, y pensó de inmediato que laúnica persona en el mundo que podía haberla ayudado a ponerlosen orden ya se había marchado para siempre. Nunca antes se habíasentido Pilar tan vulnerable ...

Dama, la Cocinera y la Cortesana, La
Una Novela
. Copyright © by Alyssa Marisol. Reprinted by permission of HarperCollins Publishers, Inc. All rights reserved. Available now wherever books are sold.

Excerpted from La Dama, la Cocinera y la Cortesana: Una Novela by Marisol
All rights reserved by the original copyright owners. Excerpts are provided for display purposes only and may not be reproduced, reprinted or distributed without the written permission of the publisher.

Rewards Program

Write a Review