9781439138687

Siempre Paris (Reclaiming Paris; Spanish edition) Novela

by
  • ISBN13:

    9781439138687

  • ISBN10:

    1439138680

  • Format: Paperback
  • Copyright: 2009-08-11
  • Publisher: Atria Books
  • Purchase Benefits
  • Free Shipping On Orders Over $35!
    Your order must be $35 or more to qualify for free economy shipping. Bulk sales, PO's, Marketplace items, eBooks and apparel do not qualify for this offer.
  • Get Rewarded for Ordering Your Textbooks! Enroll Now
List Price: $19.99 Save up to $3.00
  • Buy New
    $16.99

    USUALLY SHIPS IN 3-5 BUSINESS DAYS

Supplemental Materials

What is included with this book?

  • The New copy of this book will include any supplemental materials advertised. Please check the title of the book to determine if it should include any access cards, study guides, lab manuals, CDs, etc.

Summary

Now in Spanish,Reclaiming Parisis the story of a woman who hopes to fill an internal void left by the loss of her Cuban homeland with her romances.

Author Biography


Fabiola Santiago
es periodista del Miami Herald, en donde compartió su segundo premio Pulitzer por sus destacados artículos. Nacida en Cuba, reside actualmente en Miami.

Excerpts

1

Hotel Riverfront de Miami

Fin de año, 2004

Miami es una ciudad de pasiones imprevisibles y fantasmas trasplantados. Sólo tengo que asomarme por las ventanas panorámicas de la habitación 1701 del Hotel Riverfront para divisar dentro de ese marco inmóvil mi lugar entre los ritmos de la ciudad. Los mares se abren para entrar en la boca del Río Miami, una codiciada extensión de agua y tierra que le era sagrada a los indios tequestas de la Florida hasta que una cadena de usurpadores -- conquistadores y misioneros españoles, aventureros náufragos, indios invasores de la tribu cri procedentes del norte y leales a los ingleses -- expulsaron a los pocos cientos que sobrevivieron epidemias y guerras hacia un exilio mortal en Cuba. Me he adueñado de esta ciudad y he convertido al Hotel Riverfront en un lugar de veneración, el altar donde José Antonio y yo venimos a amarnos los viernes por la tarde. Somos tal para cual esta ciudad y yo, una de sus habitantes, una mujer que lleva el nombre del mar y del sol.

-- Marisol -- oigo a José Antonio llamarme cuando se despierta, asombrado de encontrar un vacío donde antes disfrutaba la bendición de un abrazo.

-- Aquí, en la ventana -- respondo, y él se vuelve rápidamente -- . Es una belleza como se pone el sol en este atardecer. Sus rayos anaranjados tiñen de púrpura el río.

-- Vuelve a la cama, poeta mía, y cuéntamelo todo aquí.

Obedezco y su beso tiene el sabor ácido del vino albariño que está en la mesa de noche, donde tres velas con aroma de coco parpadean como lo hicieron la tarde que José Antonio las trajo a nuestro primer encuentro en sus bases de cristal ámbar. En tres meses nunca hemos hecho el amor en nuestro escondite sin la luz y el aroma de estas velas y la respetable botella de vino para brindar por nuestra unión. Durante tres meses hemos hecho el amor seguido de nuestros fascinantes relatos de conquistas y fracasos amorosos, los suyos y los míos. Durante tres meses, con excepción de nuestro memorable fin de semana en la Riviera Mexicana entre ruinas mayas y playas desiertas, no hemos fallado un solo viernes en el Riverfront. A José Antonio le resulta cómoda nuestra rutina, mientras que a mí todavía me resultan ajenos nuestros torpes rituales. Prefiero el improvisado texto de la aventura, la ilusión del descubrimiento. Pero por ahora mi espíritu libre se ha entregado a la hábil coreografía de José Antonio.

Poco después de las tres de la tarde los viernes, José Antonio me llama después de visitar a sus moribundos pacientes del Hospital de Nuestras Hermanas de la Caridad. Puedo oírlo por el celular desde el estacionamiento del hospital tratando de quitarse la bata de médico mientras habla conmigo.

-- Mariposa, te veo en quince minutos -- dice jugando con mi nombre mientras abre la puerta de su Mercedes plateado -- . O en veinte, si hay tráfico. Coño, odio el tráfico en esta ciudad cuando se atraviesa entre nosotros.

Me río.

-- Ahí viene la muela del cubanazo.

-- Déjate querer, mujer.

Me río otra vez.

-- Eso es exactamente lo que estoy haciendo. Apúrate.

Cuelgo y corro hacia el baño para retocarme el único maquillaje que uso, pintura alrededor de los ojos para destacar su forma almendrada y su acentuado color negro, y me perfumo en lugares estratégicos con una dosis sutil de Pleasures. Con la delicadeza de un diplomático, abandono mi trabajo de coleccionar historia del exilio cubano para el Museo de Historia en Miami, una vez más con una excusa poco propicia, y salgo manejando, cambiando de una senda a otra, atravesando las transitadas calles del centro de la ciudad hacia el Riverfront y adelantándomele al yate o barco de carga que le toque este día cruzar bajo el puente, en un tráfico peor que el que tendrá que enfrentar José Antonio en su viaje de unas pocas millas rumbo norte a lo largo de los rascacielos del distrito financiero de Brickell. Paso junto a un barbudo desamparado con un cartel en mano que dice: "¿Para qué mentir? Lo que necesito es una cerveza", y bajo la ventana para echarle en el vaso de cartón las monedas de mi cenicero. Me da las gracias y me bendice. Por nada. Se las ganó con su honestidad.

José Antonio escogió el Riverfront por estar bien situado y resultarnos accesibles desde nuestros trabajos, y por la privacidad que nos brindan su arquitectura y sus jardines. El edificio rectangular color marfil con estacionamiento techado, su espeso follaje alrededor de la entrada, el río y las aguas de la bahía Biscayne al fondo, sirven de camuflaje al pecado de nuestros encuentros. Me encanta el ambiente por su historia y el hotel por sus impecables sábanas blancas y sus afiches de Art Deco en las paredes. Cuando el Riverfront se convirtió en nuestro refugio, me entretenía durante días enteros investigando cómo soportaban los indios tequestas el medioambiente húmedo subtropical, cómo pescaban manatíes con sus lanzas rudimentarias y luchaban por sobrevivir a los intrusos en la misma ribera del río donde yo ahora trataba de sepultar todo lo que me quedaba en el corazón hacia Gabriel, ese farsante habanero que una vez amé.

Cuando llego al Riverfront, me dirijo hacia el garaje para parquear el humilde Echo rojo que compré en un lote de carros recuperados y llamo al celular de José Antonio. Me da un número de habitación. Lo escribo en mi calendario, como si este tipo de récord tuviera la menor importancia: 1215, 1440, 1136, 1536, 1406, 1439, 1634, 1415, 1032. El de hoy es el 1701. Entro a toda prisa por la puerta trasera, tal como José Antonio me indicó que hiciera la tarde en que planeó nuestro primer rendezvous. Sospecho que este subterfugio no es más que un artificio, pues las cámaras de vigilancia deben estar filmando cada uno de mis movimientos. De sólo pensar en esto me lleno de temores. José Antonio es un respetado cardiólogo, una figura conocida en los círculos sociales -- tanto los de los bohemios como los de la gente rica -- , un patrocinador de las artes y de los recién llegados, de los cuales él formó parte una vez. Yo soy una mujer libre, pero él no es un hombre libre. Estoy segura de que José Antonio llegó ya al Riverfront unos minutos antes que yo, solicitó el cuarto en la recepción del hotel, pagó en efectivo y recibió el descuento que se da a los clientes frecuentes con el guiño cómplice del encargado de la recepción. ¿Por qué hago esto?, me pregunto todo el tiempo en medio del frenesí de mis carreras para encontrarme con él cada vez que tiene la ocasión, durante las noches llenas de deseo en mi propia cama, en los días como hoy en que me rondan las dudas sobre la historia y confundo los olores de las pérdidas con la fragancia de un nuevo deseo.

Subo a nuestra suite en un elevador lleno de pilotos y aeromozas que se hospedan aquí entre un viaje y otro. Durante esos breves momentos en que somos rehenes de los brillantes acentos de bronce de nuestro encierro, siento como si todos supieran en lo que ando. ¿Por qué hago esto? Me asfixia el sentido de culpa y, por un momento, cuando el elevador se detiene en el tercer piso, considero la posibilidad de salirme, bajar las escaleras a toda prisa y desaparecer de la vida de José Antonio. Pero no puedo. No quiero. Es muy tarde para escapar. Aspiro el residuo de Pleasures en mi muñeca y el perfume se convierte en un amuleto que transforma el temor en apetito.

Las puertas del elevador se cierran de nuevo y recuerdo la noche en que José Antonio y yo nos conocimos. Si sólo hubiera ignorado sus halagos como lo he hecho con tantos otros, no estaría yo en el elevador de un hotel rumbo a una suite alquilada para verme con un hombre casado. Espantar a indeseados alrededor mío es parte de la vida en esta ciudad y el precio que pago por dejar que mi alma vuele por lo alto del club nocturno Dos Gardenias, lo que más se asemeja en Miami a los legendarios bares de la capital cubana, cuando esa triste dama gris llamada La Habana tuvo su apogeo y la celebraban como el París del Caribe.


Al caer la noche en Dos Gardenias, antes de que el último cubano en desertar de la isla salga al escenario a cambio de una jugosa cuota de entrada en la puerta, yo recito mi poesía a dúo con Alejo, que canta boleros desde el dolor desgarrado de quien ha amado y ha salido perdiendo. Nos sentamos en banquetas situadas una junto a la otra y, rodeados de un suave círculo de luz blanca, mi poesía sirve de presentación a sus canciones.

Él canta boleros. Me atraviesa el corazón.
Nadie escapa del amor, se lamenta el trovador.
Pero todo no es más que una canción.
Yo me voy a salvar.
Oh, sí.
Yo sí. Yo sí.

Acompañado de un pianista, Alejo canta una versión sensualizada de "Lágrimas negras", y se detiene a media canción para charlar suavemente con el público y persuadirlo de que todos en algún momento hemos derramado esas oscuras lágrimas que describe la letra de esa canción. Mientras hace esto, Alejo me toma la mano, me besa los nudillos con gusto y regresa a su canción. Al final de "Lágrimas", me sumerjo en otro poema como una prolongación de la melodía.

Una vez,
sólo una vez más
quiero ver La Isla.
Y entonces
regresaré a casa.
Porque el mar es el mar es el mar.

Mientras se apaga mi último verso, Alejo comienza a entretener a la audiencia con "Volver", el tango argentino que se ha convertido en el himno nacional de la nostalgia de todo el que sueña con regresar a su terruño. Y así transcurren los cuarenta y cinco minutos de la tanda de poesía y canción, canción y poesía, para al final no dejar un solo rostro sin lágrimas. Todos recuerdan amores fracasados, patrias perdidas, almas errantes y la oscura tiniebla del club estalla con una cacofonía de silbidos, gritos de "¡Bravo!" y por lo menos un clamor de "¡Viva Cuba Libre!"

Si no fuera yo una de las que llevan esas cicatrices, si esta ciudad mía no estuviera perennemente destilando un sentimentalismo que nos mantiene a todos en la inútil búsqueda de una isla confiscada hace tanto tiempo, un sitio mítico que existe sólo en nuestra añoranza, entonces yo tal vez habría podido ignorar la galantería del Dr. José Antonio Castellón aquella primera noche que me vio recitar. Pero José Antonio es un cardiólogo con modales de caballero de la etapa dorada de las letras españolas, y con una historia de héroe derrotado, un sanador incapaz de curar sus propias heridas mortales pero que instantáneamente alivió las mías.

La noche de noviembre que nos conocimos se había pronosticado un eclipse de Luna. Esa noche, después que Alejo y yo nos regodeamos en aplausos y le dimos gracias al público, corrimos hacia el oscuro estacionamiento detrás del club para ver si podíamos alcanzar a ver a la Luna deslizarse por la sombra más oscura de la Tierra.

En el instante en que salimos y yo miro hacia el cielo, alcanzo a ver un filo de la Luna rojiza y, sin pensarlo dos veces, le ruego: "Mándame un amor verdadero".

-- Mándame dinero -- pide Alejo.

El espectáculo celestial no dura más que un instante. Apenas logramos ver los últimos segundos del tránsito de la Luna. Alejo prende un Marlboro y en el momento en que voy a reprobarlo por fumar, José Antonio camina hacia nosotros vestido con una inmaculada guayabera de hilo blanca, el uniforme de la noche cubana de Miami. Le tiende la mano primero a Alejo y luego a mí.

-- Quiero darles las gracias a ambos por hacernos revivir los años más maravillosos de nuestra juventud -- dice después de presentarse, sin ninguna referencia médica, como José Antonio Castellón -- . La actuación de ustedes ha sido como una visión de lo que una vez fuimos, y no podemos dejar de sentir tristeza por lo que perdimos en nuestra querida isla, aquellas interminables noches habaneras.

Entonces José Antonio se vuelve hacia mí con una mirada cálida que yo no esperaba.

-- Bendita sea tu pluma, sensible y melancólica -- me dice.

Se queda con mi mano en la suya.

-- Tú misma eres un poema.

La extrema elegancia de su halago me toma de sorpresa y no atino a expresar más que las amabilidades de rigor.

-- Voy a volver pronto -- promete.

-- Sí, por favor, vuelva -- le digo -- . No tenemos a La Habana, pero tenemos a Miami...y la noche.

Sonríe y desaparece hacia dentro del club.

-- ¡Qué satería la tuya! -- me dice Alejo con un codazo en cuanto nos quedamos solos -- . ¿Tú sabes quién es ése?

-- Qué importa -- le digo -- . Un cubano melancólico más.

El dueño del club sale con un par de cervezas y la conversación gira en torno al misterioso poder de los eclipses de Luna. Él también prende un cigarrillo y cuando el humo de los dos se torna insoportable, me voy de vuelta al club. José Antonio y sus invitados se han ido. No lo vuelvo a ver en meses, hasta un día que estoy en el museo trabajando en una exposición de impresos antiguos de la flora y fauna de Cuba, y mi pantalla se ilumina con un correo electrónico.

Querida Marisol,
Espero que me recuerdes de Dos Gardenias. Tu admirador número
uno. Amigos en común me dieron tu dirección. Quisiera contratarte
a ti y a Alejo para actuar en un evento en mi casa. Me sentiría honrado
si me enviaras tu número de teléfono para discutir los detalles.
Saludos,
José Antonio.

Le mando mi número y me llama esa misma tarde para invitarme a almorzar y discutir lo que él llama "un asunto delicado". Quiere que participemos en una tertulia en su casa con músicos cubanos de la isla que están de visita aquí, el tipo de reunión clandestina en que tragos y ritmos fluyen, y en la que antes de que la noche termine, aparecen las verdades sobre los dos extremos de la separación política. Tengo que consultar con Alejo, le digo, pero José Antonio insiste en que él prefiere un encuentro sólo conmigo primero para discutir los puntos preliminares y luego incorporar a Alejo. Acepto la invitación debido a que lo que él está proponiendo requiere cierto grado de diplomacia y Alejo puede ser, como a él le encanta recordarme, "más gusano que nadie". El intercambio musical nunca llega a ocurrir, pero lo que sí llega a mi vida es un nuevo hombre, un hombre complicado ahogándose en su propia historia, un hombre que no me pertenece.


¿Por qué hago esto? Los segundos en el elevador me parecen interminables. Mis pensamientos me apabullan. Voy a arruinar la tarde. Me distraigo leyendo los nombres en las etiquetas de identificación de la tripulación aérea que sube conmigo: Desiree, Giovani, Donna, Marc. ¿Por qué hago esto?

Gabriel.

Maldito Gabriel. Por eso.

Quiero borrar su nombre de mi vida, sus caricias narcisistas de mi rostro. Quiero olvidar las cosas que me hizo añorar, la furia que sembró en mi corazón con su traición, la puerta que abrió hacia el pasado como un deslumbrante torrente de luz. Nunca debí enamorarme de un habanero. Los hombres de La Habana son intrigantes y conspiradores arrogantes, no ingenuos como la mayoría de los que venimos de otras partes de Cuba donde la naturaleza suaviza el alma. Nos llaman guajiros. Como si fuera una mancha haber nacido en el vientre de un país. Tal vez somos campesinos, pero tenemos corazones. Corazones humildes y vulnerables.

Gabriel.

Maldito Gabriel.

Estoy casi llorando cuando las puertas del elevador se abren. Piso diecisiete. He llegado sin problemas. Sólo unos pasos más hasta la habitación 1701 y todo estará bien.

Toco a la puerta y no tengo que esperar mucho para que José Antonio me reciba en su ropa interior Gucci color negro y sus ojos color dulce de leche. Me abraza haciendo caso omiso del estado desastroso en que me encuentro en ese momento, y me pierdo en el aroma familiar de su Bulgari y mis sollozos. Me besa las lágrimas. "Te quiero, te quiero", me susurra. "Ya estamos juntos, mi mariposa".

-- Te deseo -- le digo y me dejo conducir hasta la cama.

Copyright © 2008 por Simon & Schuster
Copyright de la traducción © 2009 por Simon & Schuster

Rewards Program

Write a Review